Fuente: Revista de comunicación en mexico
Enero del 2007
Raúl Trejo Delarde
Periodismo y democracia han avanzado y desandado sus pasos por caminos a veces no convergentes. Tuvimos un periodismo que anticipó la transición política mexicana antes del año 2000, pero que se rezagó respecto de ella y que muy pronto, tanto en los medios escritos como en los de carácter audiovisual, comenzó a estar mucho más definido por los intereses empresariales, por las inercias profesionales, por la búsqueda del efectismo y el sensacionalismo más que por la investigación, la propagación y la explicación de los acontecimientos públicos, que son las grandes coordenadas del periodismo profesional.
Durante mucho tiempo en nuestro país, el periodismo en televisión, igual que en los medios escritos, parecía producido para un solo espectador: el Estado mexicano, que en el caso de la prensa patrocinaba directamente -y lo sigue haciendo en gran medida- a muchas publicaciones, y que en el caso de la televisión y la radio les había permitido a los empresarios de ese sector, tener tantos privilegios que ellos pagaban en parte tal situación de beneficio con informaciones, propagando una visión de la realidad complaciente y ajustada a los intereses del Estado mexicano y del poder político.
El periodismo en la televisión mexicana surge igual que este medio en los años cincuenta, pero lo poco que había de indagación e información más bien eran materiales complementarios a la función de entretenimiento. No era un periodismo que diera novedades, que rindiera informes, que ofreciera una visión nueva de los asuntos públicos a los televidentes sino solamente complementario de otros espacios. En los años cincuenta, avanzados los sesenta todavía, el periodismo en la TV mexicana era tan improvisado que sólo se dedicaba a repetir, a veces a anticipar, el contenido de los periódicos más importantes, como muchos noticiarios de la radio donde todavía se escucha cómo los locutores van volteando las hojas del periódico. Esto ocurría en la televisión, tanto así que el noticiario más importante, todavía en la década de los sesenta, era uno asociado al diario Excélsior, con el locutor Ignacio Martínez Carpinteiro, en el cual no se hacía más que respaldar con algunos testimonios fílmicos -que por lo general eran muy improvisados y muy breves- las notas que el periódico ya había publicado o publicaría a la mañana siguiente.
Negocio político
Más adelante, las empresas televisivas -en realidad no se puede hablar en plural en este caso, solamente había una que era Telesistema Mexicano- concibieron al periodismo como una forma específica de entretenimiento y, al terminar la década de los sesenta, aparece el primer noticiario profesional pero condicionado por el afán de espectáculo más que de información: el noticiario matutino Diario Nescafé, que desde entonces era conducido por un periodista, sin lugar a dudas fundamental, con todo y lo cuestionable que en algunos momentos fue su trayectoria: Jacobo Zabludowsky. Él no empezó a hacer periodismo como conductor del noticiario nocturno, sino como conductor en una larga serie de programas. Tenía una emisión vespertina en donde alternaba con Pedro Ferriz: uno hablaba de platillos voladores y el otro de cohetes espaciales. Zabludowsky se singularizó por hacer transmisiones de los lanzamientos espaciales de las aeronaves estadounidenses durante toda la década de los sesenta. Su programa más importante, sin embargo, fue por las mañanas: el Diario Nescafé, en el cual comenzó a tener la singularidad de contar con reporteros propios. Hasta entonces, con poquísimas excepciones, los noticiarios televisivos no tenían una redacción propia sino dependían de la información de la agencia de noticias estatal o de las anteriores que existieron en México.
Posteriormente, la televisión mexicana entendió que las noticias no sólo eran espectáculo, sino que podían ser un negocio específico y también un negocio de carácter político. Al contar con grandes audiencias para sus noticias, tendrían un canal mucho más estable y relevante de interlocución con el poder político. El programa 24 Horas, que Zabludowsky condujo durante más de 27 años, comenzó en septiembre de 1970, y fue la escuela de centenares de periodistas que hoy siguen haciéndose cargo de gran parte de los espacios informativos de la televisión mexicana en todos los canales, y además condicionó el modelo de TV que seguimos teniendo hasta nuestros días. La usanza estadounidense era evidente: un locutor con gran presencia pública se encargaba de dar a conocer todas las noches un menú grande y variado de informaciones políticas, culturales, de espectáculos, y de imprimirle sus énfasis personales a la apreciación o a la propagación de esas noticias. Aunque no había un editorial explícito o no lo habría en casi todos los 27 años de ese noticiario, el hecho de que Zabludowsky presentara alguna información con una entonación especial de voz, a veces simplemente levantando una de las cejas o abriendo unos segundos de silencio después de que decía alguna cosa, se convertía en una inflexión que implicaba connotaciones políticas importantes en la propagación de cualquier acontecimiento.
La era de Zabludowsky duró casi tres décadas. Al acercarse el final del milenio anterior, Televisa fue receptiva a la diversidad política que comenzaba a instaurarse poco a poco en la sociedad mexicana y se propuso un cambio, pero éste no fue de formatos ni de intención, simplemente fue sólo de personas. Guillermo Ortega Ruiz suplió a Zabludowsky a su salida del noticiario de 24 Horas y algunos años después quedó al frente Joaquín López Dóriga. Éste ha sido uno de los conductores del noticiario más importantes de la televisión mexicana, sin variar en lo fundamental el estilo de noticias que durante mucho tiempo singularizó a los programas conducidos por el multicitado Zabludowsky.
Información anodina
Cómo son las noticias en televisión? Hay que reconocer que sus reporteros, igual que los de cualquier medio, se esfuerzan, se arriesgan, se empeñan, algunas veces hacen lo posible por conseguir una noticia y en otras llegan a estar en peligro para darnos descripciones repletas de emoción y con algunas novedades de los asuntos públicos. Por ejemplo, cuando los reporteros cubren desastres o guerras, el noticiario nocturno de Televisa nos muestra reportajes, notas trascendentes por la intensidad dramática que llegan a tener, pero pocas veces relevantes o con alguna novedad sustantiva.
Por lo general, y específicamente en la cobertura de asuntos políticos, los noticiarios mexicanos siguen padeciendo muchos de los defectos que ha acarreado durante mucho tiempo el periodismo político en nuestro país. Tenemos un periodismo más de dichos que de hechos. Se realza la costumbre de los políticos mexicanos para hablar y declarar, para sentir que hacen política y sentirse atendidos. Esta costumbre ha encontrado una fuerte complicidad en la prensa mexicana y en periodistas cuyos jefes de redacción les ordenan todas las mañanas: "Ve y recoge las declaraciones de fulano". Por eso tenemos un periodismo -y la televisión no es la excepción- más de declaraciones que de acciones; tanto así que muchos reporteros confunden al periodismo con la simple acción de extender el micrófono, y si es una declaración estridente se vuelve más relevante: logra mucho más espacios en los noticiarios.
La tarea fundamental del periodismo, aparte de enterarnos lo qué sucedió, es permitirnos entender por qué las cosas ocurren como ocurren. Tan anodino, tan falto de previsión resulta el periodismo que se hace en la televisión mexicana, que a veces el espacio más creativo es el no periodístico. Las Mangas del Chaleco que disfrutan muchos televidentes los viernes por la noche en Televisa, es un espacio de crítica a los muchos desvaríos que profieren varios personajes públicos, comenzando por nuestros políticos. Es un segmento que no tiene nada de esfuerzo periodístico, aunque sí un gran trabajo de búsqueda en los archivos de video. En todos los noticiarios de televisión o en casi todos, las entrevistas escasean, y cuando las hay no son el diálogo entre dos interlocutores, entre un periodista que sabe de lo que está hablando y un protagonista que tiene algo que decir, sino más bien constituyen la ocasión para que algunos personajes públicos expliquen, se disculpen, arenguen, reclamen o intenten establecer la agenda. Son rarísimas las entrevistas en las que hay un auténtico intercambio de ideas.
La crónica periodística, es decir, el quehacer de recoger y explicar un asunto que el reportero haya visto -lo cual se puede hacer de manera espléndida con el recurso que implica el respaldo audiovisual-, no existe en la televisión mexicana. Tampoco está presente el reportaje, el género que amalgama recursos de la entrevista, de la información, de la documentación. A veces por reportajes se nos presentan piezas informativas en donde el reportero se conforma con entrevistar a dos o tres personas, y dice: "Aquí está el reportaje del área de asuntos especiales de Televisa". ¡Qué vergüenza! Si comparamos esas piezas con los reportajes de la televisión en otros países, la verdad sí es una vergüenza lo que aparece en nuestra televisión. Está repleto de lugares comunes y de algo muy importante: se singulariza por una constante ausencia de auténtica investigación. El análisis en los noticiarios de la televisión, comenzando por el más importante en Televisa, se limita a la opinión de algunos intelectuales o académicos destacados, no por su comentario en televisión sino por su trayectoria en otros rubros. Por lo general, estos colegas nuestros no hacen más que aparecer a cuadro leyendo en teleprompter un texto de dos o tres minutos, que ellos hicieron, repleto de lugares comunes.
Viejo estilo
El periodismo, entonces, sigue anclado a un viejo estilo en el que se llega a pensar que es más importante abrumar de asuntos al espectador con muchas notas, que explicarle aunque sea unas cuantas de manera más reposada. Es un periodismo que, para tener éxito, explota y exprime mucho el sensacionalismo. Cuando hay algún asunto especialmente dramático, la televisión mexicana lo explota al máximo de tal manera que nos repiten, una y otra y otra vez, las mismas escenas trágicas, las mismas declaraciones altisonantes del mismo asunto. Cuántas veces vimos, por ejemplo, la reconstrucción del crimen aquel en Monterrey donde un muchacho fue acusado de matar a dos niños. Docenas de veces se nos dijo a qué hora llegó a la casa, cómo llegó, y qué sabemos hoy de ese caso.
El periodismo en televisión, igual que en parte del impreso, no se singulariza en México por seguir los asuntos, simplemente se nos ofrecen temas muy dramáticos para llamar nuestra atención, para conmovernos y es inevitable hacerlo ante temas tan drásticos, pero no se les da seguimiento. Cuántas veces escuchamos las declaraciones iniciales de los pescadores famosos que recalaron en el Pacífico Sur y qué es hoy de ellos. A qué periodista en televisión se le ha ocurrido averiguar qué pasó con los pescadores. No hay seguimiento de los temas porque al periodismo televisivo no le interesa construir una sociedad enterada sino mantenerla fundamentalmente asombrada: esa es la pauta en la TV mexicana.
En la misma Televisa hay espacios informativos que están mucho más determinados por la personalidad de su conductor -que no es necesariamente periodista-, que por los recursos informativos. El espacio de Adela Micha de Canal 4, por ejemplo. Ella es un personaje muy importante en el Canal de las Estrellas y sus subsidiarias, y aunque a veces tiene diálogos muy interesantes con sus entrevistados, su noticiario no tiene propósitos específicamente periodísticos: está pensado como espectáculo. El mismo Canal 4 tuvo como conductor de un noticiario a un payaso, Víctor Trujillo. Era, dicen algunos, muy ingenioso. En lo personal no me lo parece tanto, pero el hecho de que el personaje del payaso haya sido invitado a conducir un noticiario, nos da idea de la amalgama entre información y entretenimiento -infoentretemiento dicen en España- que prevalece en los noticiarios de Televisa.
En esta empresa hay programas de reflexión interesantes, muy ajustados a los intereses de la empresa como Zona Abierta que conduce Héctor Aguilar Camín, pero prácticamente en un horario de madrugada que muchos no alcanzamos a mirar. Hay espacios de búsqueda como el de Denise Maerker en las noches de los domingos en Canal 4: un espacio nuevo. También figura recientemente Tercer Grado, en el que los conductores de varios noticiarios de Televisa se explayan diciendo lo que no necesariamente expresan en sus espacios, pero en donde pocas veces hay una opinión nueva, son éstas de carácter muy previsible.
Y ¿qué hay en la tienda de enfrente? TV Azteca se ha singularizado por copiar, en sus peores términos, los estilos que ya ha logrado implantar Televisa. En azteca por lo general quienes dan noticias no son periodistas, lo cual no demerita su trabajo, pero es un dato de la realidad. Javier Alatorre nunca que yo recuerde, y no quiero ser injusto, hizo el trabajo de reportero. Creo que si no se ha sabido cómo buscar, perseguir y encontrar una noticia, es muy difícil tener la apreciación profesional que permite aquilatarla y saber cómo presentarla a los televidentes. No es un secreto, además, que Alatorre es un lector, preparado, hábil, pero no hace más que leer el teleprompter todo el tiempo. El día que se descompone el aparatito es un fracaso su noticiario. En TV Azteca hay tan escaso aprecio por información que varios de sus noticiarios son una amalgama de música, chismes, espectáculo, deportes y noticias; incluso me ha tocado ver a una señora que ofrece horóscopos. Qué idea del periodismo puede tener una empresa cuando confunde las predicciones de las vicisitudes de los sagitarios con la información de las campañas políticas.
Hay algún esfuerzo y méritos en los noticiarios de Canal 11, sin duda, pero sigue siendo un espacio muy agobiado por limitaciones financieras. Hubo un esfuerzo interesante en un programa de discusión, Primer Plano, pero hoy se ha vuelto de lo más previsible. Se disfrazan de negro y hacen como que se pelean unos con otros.
Hubo un noticiario interesante en Canal 40 que todos veíamos con avidez, no porque nos gustara su punto de vista, sino porque no rivalizaba en cantidad de informaciones ni en recursos técnicos, sino en algo muy importante: era un noticiario hecho con gusto e imaginación y tratando de demostrar el contexto de los asuntos. Ciro Gómez Leyva y sus sucesivas acompañantes en las distintas etapas de ese noticiario, no buscaban, salvo excepciones, enterarnos de algo nuevo sino explicarnos aquello que ya sabíamos. El Canal 40 tuvo un destino muy trágico: fue hurtado por TV Azteca y hoy, con la complicidad del periódico El Universal, está funcionando, pero se está apostando a la revitalización de esa frecuencia televisiva.
La tendencia que se estaba poniendo en práctica en Canal 40 era -con muchísimas limitaciones, a veces incluso con actitudes muy discutibles- muy sintonizada. Se trataba de una propuesta moderna, basada en la factura de noticiarios en todo el mundo, que es la idea de presentar más asuntos en profundidad en lugar de muchas informaciones pequeñitas. O sea: presentar más historias de lo que le pasa a la gente, sin ser demagogos ni populistas, que le permitan al televidente entender a través de las vicisitudes de protagonistas con nombre y apellido, de carne y hueso, la densidad y las implicaciones de los grandes asuntos públicos. En todo el mundo, la televisión está transformándose para ser más ligera, y con mayores recursos técnicos.
Hoy día la posibilidad de registrar en video un acontecimiento, ya no es patrimonio de las televisoras y sus camarógrafos; hoy muchas personas traen sus cámaras caseras; incluso con el teléfono celular hay quienes pueden registrar una escena y convertirse en reporteros. A mediados de 2005 ocurrieron los atentados en Londres y, por ejemplo, mucha gente grabó en sus celulares la explosión de varios vagones del metro. Unos minutos después, esas grabaciones ya estaban en las pantallas de la televisión británica. Es decir: la amalgama entre lo que aportan los ciudadanos y lo que pueden transmitir los medios audiovisuales está siendo una consecuencia de la apropiación que las personas hacen de esas tecnologías. Y entonces lo que le queda a la televisión es presentar asuntos más elaborados, con mayor investigación.
En Estados Unidos, el noticiario vespertino más conocido es de la CBS, el cual acaba de cambiar de conductor y está experimentando una transformación muy sorprendente. Era un noticiario muy parecido a los que vemos en México, pero el conductor, Dan Rather, se tuvo que jubilar, además tuvo muchas acusaciones por presentar asuntos que no eran necesariamente ciertos, lo cual adelantó su salida. En su lugar contrataron a una periodista muy simpática y afable, Katie Couric, que es una muchacha que empezó a dar noticias por las mañanas en la NBC. Ella aceptó con la condición de llevar consigo a su equipo de producción. Después de muchos jaloneos, la CBS aceptó y la respaldó con muchos productores. Lo que hace esa mujer todas las tardes es plantarse delante de la pantalla para presentar cinco o seis acontecimientos, que son auténticos reportajes de investigación realizados por su equipo de productores. Los televidentes se enteran de los asuntos más importantes, pero hay una contribución a que los entiendan.
El contenido de la televisión estadunidense puede tener muchos defectos y ser muy tendencioso, pero trata de renovarse, reconociendo que hay una gran competencia en la Internet, en lo que recogen las personas en sus cámaras de video, en lo que hacen otras cadenas En suma: se trata de modificar los esquemas que se mantuvieron durante muchas décadas. Eso es lo que va a seguir en algún momento en la televisión mexicana y no terminamos de ver cómo se inicia.
La identificación de lo que es la calidad en televisión llega a ser el criterio fundamental a partir del cual sus auditorios pueden cuestionarla, exigirle, demandarle que sea mejor, o que desande el camino que ya había empezado a explorar. Todo ello puede ser tema de los observatorios ciudadanos que en muchos países ya están en práctica.